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Las 4 fases que casi nadie ordena bien en un proyecto freelance

9 min de lecturaTarifel
Portada editorial de Tarifel sobre fases de un proyecto freelance

Te llega un proyecto. El cliente te cae bien, las fechas encajan, el trabajo te interesa. Le dices que sí. Y empieza a torcerse a partir del segundo email, porque no preguntaste lo que tenías que preguntar, no preparaste una propuesta seria y, una vez dentro, no marcaste ritmo.

Trabajar bien como freelance no va de cobrar caro. Va de ordenar las conversaciones antes, durante y después del proyecto. Si lo haces bien, los clientes vuelven, te recomiendan y te respetan. Si lo haces mal, cobras menos y trabajas el doble.

Estas son las cuatro fases que casi nadie ordena bien.

1. Las preguntas que debes hacerte tú antes de presupuestar

Antes de mandar una cifra, párate un momento y respóndete con honestidad:

¿Tengo el tiempo real para hacerlo bien? No «lo apaño». No«si no duermo, llego». Tiempo real para hacerlo con la calidad que tu nombre necesita. Si no lo tienes, díselo al cliente y propón otra fecha. Aceptar proyectos que no llegas a ejecutar bien es la forma más rápida de perder buenos clientes.

¿Este proyecto me compensa de verdad? Compensar no significa solo rentabilidad económica. ¿Te abre una puerta? ¿Mejora tu portfolio? ¿Te hace aprender algo? Si la respuesta es no a todo, y encima el dinero es justo, probablemente sea un proyecto al que decir no.

¿Estoy presupuestando con datos o con intuición? Si no sabes tu precio hora, todo lo que mandes es una corazonada. Y las corazonadas, en pricing, suelen quedarse cortas.

¿Hay riesgos que no he visto? Cliente que tiene fama de pagar tarde, proyecto que ya ha pasado por dos freelance antes, fechas demasiado ajustadas, brief que cambia mucho. Si detectas señales raras antes de empezar, ya las tienes en cuenta en el precio o en las condiciones. Después es tarde.

2. Las preguntas que debes hacerle al cliente

Aquí está la diferencia entre un freelance que va a ciegas y uno que lleva el timón. No presupuestes hasta tener respuestas claras.

¿Qué necesitas exactamente? Que te describa el alcance con el mayor detalle posible. Si dice «un vídeo corto», pregunta cuántos formatos, qué duración, qué versiones, en qué idiomas. La ambigüedad es el origen del 80% de los problemas.

¿Para cuándo lo necesitas? Y especifica: «¿es una fecha real o flexible?». Si es real, pregunta también cuándo necesitas la primera revisión. Eso te marca el ritmo de trabajo.

¿Dónde lo vas a usar y durante cuánto tiempo? Imprescindible. No es lo mismo un trabajo para uso interno que uno para una campaña internacional con uso indefinido. Esa pregunta marca el precio. Si no la haces, estás regalando algo sin saberlo.

¿Tienes un presupuesto orientativo? Casi nadie la hace por miedo a que el cliente se eche atrás. Pero te ahorra horas de ida y vuelta. Si la respuesta está muy lejos de lo tuyo, lo sabes pronto. Si está cerca, ya tienes pista. Y si está por encima, sabes que tienes margen.

¿Quién decide? Tu interlocutor no siempre es el que da el visto bueno final. Saber cuántos niveles de aprobación hay te ayuda a calibrar las rondas de cambios necesarias.

¿Habéis trabajado antes con un freelance del sector? Si sí, te dirá sus expectativas. Si no, sabes que tendrás que educar más en el proceso.

3. Cómo entregar una propuesta seria

Una propuesta no es una cifra en un email. Es un documento que vende tu profesionalidad antes de empezar a trabajar. La forma cuenta tanto como el fondo.

Empieza por entender el proyecto, no por el precio. Las dos primeras líneas deben demostrar que has escuchado: «Has comentado que necesitas X para Y. Mi propuesta tiene en cuenta…». Eso ya te diferencia de quien manda solo una cifra.

Desglosa qué incluye. No mandes un total. Manda partidas: tiempo de conceptualización, tiempo de ejecución, número de entregables, rondas de cambios incluidas, qué uso cubre el precio. Cuando el cliente ve el desglose, deja de regatear sobre la cifra final y empieza a entender qué está pagando.

Define qué no incluye. Igual de importante. Cambios extra más allá de las rondas pactadas, ampliación de uso, otros formatos, urgencias. Si lo dejas claro al principio, después no hay discusiones.

Indica plazos y forma de pago. Cuándo entregas, cuántas revisiones, cuándo se paga (50% al inicio y 50% a la entrega es lo más habitual y lo más recomendable para freelance). Si no lo dices, lo decide el cliente. Y el cliente siempre prefiere pagar al final.

Fija una validez. «Esta propuesta tiene validez de 30 días». Pequeño detalle, gran diferencia. Te protege de proyectos que se descongelan seis meses después esperando el mismo precio.

4. Planificación durante el proyecto

Una vez aceptada la propuesta, el siguiente error común es desaparecer hasta la entrega. Mal movimiento. El cliente, mientras no tiene noticias, se preocupa. Y un cliente preocupado escribe más, pide más, aprueba peor.

Marca los hitos al principio. «El día X tendrás la primera propuesta. El día Y, la versión final ajustada según tus comentarios. El día Z, la entrega definitiva». Cuando los hitos están claros, el cliente espera tranquilo.

Escribe pequeños avances. No tiene que ser un informe. Un mail breve cada cierto tiempo: «Empezando con la edición. Mañana te paso la primera propuesta». Mantiene la sensación de que el proyecto avanza.

Anticipa los problemas, no los escondas. Si algo se va a retrasar, avisa antes. Antes siempre. Si avisas con tiempo, el cliente reorganiza. Si lo descubre el día de la entrega, pierdes confianza para todo lo que venga después.

Documenta los cambios importantes por escrito. Si una decisión importante se toma en una llamada, manda después un email resumiendo:«Confirmamos que avanzamos con la opción A, en formato vertical, con entrega el día Z». Cuesta dos minutos. Te ahorra discusiones.

5. El seguimiento después: cordial, cercano, sin desaparecer

Aquí está la fase que diferencia a quien cierra clientes para siemprede quien los pierde después del primer proyecto. Y casi nadie la trabaja.

Entrega bien y cierra con calidez. No basta con mandar el archivo. Adjunta una nota corta: «Aquí lo tienes. Ha sido un placer. Cualquier duda, avísame». Pequeño, pero marca diferencia. La entrega es el último contacto que recuerda el cliente, y la siguiente vez que necesite a alguien, recordará cómo te despediste.

Pregunta si quedó todo bien unos días después. No es un mail comercial, es genuino. Un «¿qué tal funcionó la entrega? ¿necesitas algo?». Si dice que sí, le ayudas con un detalle. Si dice que no, ya has plantado la siguiente semilla.

Mantén un contacto suave en el tiempo. Cada cierto tiempo, un mensaje sin pedir nada. Algo relevante para él: un artículo, una idea, una felicitación. Sin agenda comercial. La gente vuelve a quien recuerda con buena sensación, no a quien le bombardea con ofertas.

Pide referencias cuando sea natural. Si el cliente queda contento, en algún momento le puedes preguntar si conoce a alguien que pueda necesitar algo parecido. La mayoría dirá que sí. La mayoría no te lo habría ofrecido espontáneamente. Pero si preguntas, suelen recordar a alguien.

Conclusión: el precio es solo una parte

Cobrar bien como freelance no depende solo de tu tarifa. Depende de lo bien que ordenas cada fase: las preguntas que te haces a ti mismo, las que le haces al cliente, la propuesta que entregas, la planificación durante el proyecto y el seguimiento después.

Cuando todo eso funciona, el precio deja de ser una negociación y empieza a ser una consecuencia. Los clientes te pagan lo que pides porque ven el valor del proceso, no solo del resultado.

El primer paso es conocer tu coste real. A partir de ahí, todo lo demás se construye sobre algo sólido.

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