Te piden un vídeo. Tú haces el cálculo rápido: «un día de rodaje + dos de edición», y das una cifra. Bajo. Lo sabes en el momento de mandarlo, pero ya está fuera. El cliente acepta enseguida, porque es barato, y entonces empieza el desastre real: las llamadas, el briefing que cambia, las versiones, los brutos que pide al final, los cambios que «son cinco minutos» y te quitan tres días.
Bienvenido al sector audiovisual freelance. Donde la cifra que dices al principio nunca refleja lo que acabas trabajando, y donde el cliente no entiende por qué un vídeo de 30 segundos cuesta lo que cuesta.
Vamos a poner orden.
1. ¿Tienes que entregar los brutos? Eso son dos tarifas distintas
Aquí está una de las grandes confusiones del sector. No es lo mismo entregar un vídeo final que entregar un vídeo final más todo el material en bruto. Y muchos clientes lo piden como si fuera lo mismo, sin querer pagar la diferencia.
Si entregas solo la pieza editada, conservas tus brutos. Eso significa que ese material es tuyo: lo puedes reutilizar, sacar fotogramas, hacer otra pieza derivada, usarlo en tu portfolio sin pedir permiso. La cesión es limitada al producto final.
Si entregas brutos, le estás dando al cliente la posibilidad de editar otras piezas en el futuro sin contar contigo. Le estás cediendo material que costó dinero producir: el alquiler de la cámara, la luz, el día de rodaje, los discos. Y le estás cerrando la puerta a tus propios usos posteriores.
Esa diferencia debe reflejarse en el precio. No tiene que ser el doble, pero sí un suplemento claro: entre un 30% y un 100% sobre la edición final, según la cantidad de material y el uso que le va a dar el cliente. Si no lo cobras, estás regalando una segunda producción potencial.
Y conviene dejarlo por escrito antes de empezar. «Sí, te lo paso todo» dicho en una llamada acaba en discusiones por correo dos meses después.
2. El rodaje es solo una parte. Casi siempre, la más visible.
Cuando das un precio basado en «un día de rodaje», estás contando solo lo que se ve. Pero el trabajo real es mucho más amplio. Y todo se paga.
Conceptualización. Antes de grabar nada, has pensado el vídeo. Le has dado vueltas. Has propuesto ideas, has descartado, has buscado referencias, has dibujado un guión técnico. Eso son horas que no aparecen en ningún lado, pero son el trabajo principal. Sin esas horas, el rodaje sería caos.
Reuniones, llamadas y mails. El briefing inicial, las dos llamadas para aclarar dudas, los mails con preguntas del cliente, la reunión de preproducción. Suman, fácilmente, entre 4 y 10 horas por proyecto. Antes de tocar una cámara.
Logística. Buscar localización, gestionar permisos si toca, coordinar equipo, alquilar material, cargar discos, comprobar batería, planificar transporte. Trabajo invisible, pero necesario para que el rodaje funcione.
Si tu presupuesto solo cuenta el día que disparas, estás regalando entre el 40% y el 60% del proyecto. Cada vez.
3. Grabar bajo presión es un trabajo distinto
Esto no se cobra casi nunca, y debería. Hay rodajes con margen y rodajes sin él. No es lo mismo grabar una entrevista corporativa con dos horas de previsión que cubrir un evento en directo, una boda o un día con luz natural que cambia cada media hora.
Cuando grabas bajo presión, no puedes repetir. Si pierdes ese momento, lo perdiste. Eso supone un nivel de tensión, anticipación y experiencia profesional que no es equivalente a un rodaje controlado.
Eventos en directo, bodas, deportes, documentales, reportajes con plazos imposibles. Todo eso debería llevar un suplemento sobre la tarifa base de rodaje, no porque seas más rápido, sino porque asumes más riesgo y necesitas más experiencia. Y si algo falla, te lo comes tú.
4. Edición, adaptaciones y cambios: tres líneas distintas
Aquí es donde más dinero se regala. La edición no es una sola cosa. Son tres trabajos distintos que se suelen presupuestar como uno solo:
Edición principal. El montaje del vídeo en el formato y duración principales. Aquí va el grueso del trabajo: criba de tomas, montaje, ritmo, color, sonido, música, gráficos.
Adaptaciones a otras salidas. El mismo contenido, pero formateado para Stories, Reels, YouTube Shorts, TikTok, web, una versión cuadrada, una vertical, una de 6 segundos para anuncios. No es trabajo gratuito. Cada salida implica recortar, reencuadrar, ajustar grafismo, exportar, comprobar. Lo correcto es cobrar cada adaptación como un entregable propio, aunque sea con tarifa reducida respecto a la pieza principal.
Cambios y revisiones. Las rondas que el cliente puede pedir sobre el material entregado. Tienen que estar definidas antes de empezar: dos rondas, tres, las que sean. Más allá de ese número, se cobra. Si no, los cambios se convierten en infinitos y el proyecto deja de ser rentable a partir del día siguiente de la entrega.
El cliente medio piensa que «un cambio rápido» son cinco minutos. La realidad es que un cambio implica reabrir el proyecto, encontrar la toma, montarla, ajustar el sonido, exportar y volver a subir. Treinta minutos de trabajo, mínimo. Multiplicado por las cuatro «cositas rápidas» que pidió, son dos horas más que no estaban en el presupuesto.
5. Piensa en global. Presupuesta pieza a pieza.
Aquí está la clave que distingue un presupuesto profesional de uno improvisado. El proyecto debes pensarlo como un todo: cuánto te va a llevar, qué riesgo asumes, qué margen necesitas. Pero presupuestarlo pieza a piezapara que el cliente vea de qué se compone tu trabajo.
Un presupuesto que dice «vídeo final: 1.800 €» es fácil de discutir. Un presupuesto que desglosa «conceptualización: 4 h, rodaje principal: 8 h, edición principal: 12 h, color y sonido: 4 h, dos adaptaciones a Stories: 2 h cada una, dos rondas de cambios incluidas: 3 h» es muy difícil de regatear. Cada partida tiene sentido. Cada hora tiene un porqué.
Y permite algo más importante: negociar reduciendo alcance, no precio. Si el cliente dice que no le llega, puedes quitar adaptaciones, reducir rondas de cambios, eliminar la cesión de brutos. Cada euro recortado quita contenido. No es que tu trabajo fuera caro: es que él pidió menos.
Conclusión: la cifra al inicio define todo
El sector audiovisual freelance pierde dinero porque se presupuesta sobre lo visible, el día de rodaje, los minutos de edición, y no sobre el trabajo completo. Y luego, cuando aparece todo lo demás (las llamadas, las versiones, los brutos, los cambios), ya es tarde para ajustar.
El primer paso es saber cuál es tu precio hora real. No el que crees, no el que cobra el del barrio. El que cubre tus gastos, tu equipo, el tiempo que no facturas, los días que no trabajas. Sin esa cifra, cualquier presupuesto que des es una corazonada.
El segundo paso es presupuestar pieza a pieza: cada entregable, cada adaptación, cada ronda de cambios. Cuando el cliente ve el desglose, deja de regatear sobre la cifra final y empieza a hablar de qué necesita de verdad. Y ahí es donde la conversación cambia.
Calcula tu tarifa con criterio. Presupuesta cada proyecto como lo que es: una producción audiovisual completa, no un día de rodaje y dos de edición.

